El “Caracazo” y la escalada del conflicto social en Estados Unidos

Protestas en la ciudad de Minneapolis debido a la muerte de George Floyd.

(Este artículo fue escrito días antes de que el estallido de las protestas, a raíz del homicidio de Floyd, adquiriese una magnitud nacional. Publicado por primera vez el 27 de mayo.)

El Caracazo fue, según el antropólogo Fernando Coronil Ímber, en la historia de América Latina, la revuelta social más grande contra un conjunto de medidas de austeridad anunciadas por un gobierno, y también, la más violentamente reprimida (Coronil, 1997:376). El Caracazo ha fijado un precedente, no solo en América Latina, sino en el resto del mundo, como referente de lo que puede ocurrir cuando los ajustes macroeconómicos necesarios no son aplicados adecuadamente. Venezuela, que hasta entonces había sido promocionada como una de las democracias liberales pro-occidentales más estables, sorprendió a la opinión pública internacional a raíz de los sucesos del Caracazo. ¿Qué importancia tiene el Caracazo para el resto de los países del planeta?

El Caracazo y Venezuela: el país de las teorías conspirativas

En primer lugar, para comprender no solo al fenómeno del Caracazo, sino entender la trascendencia de este en la opinión pública nacional, regional e internacional, es necesario reflexionar sobre el concepto de teoría conspirativa. Michael Butter (2020), analiza las diversas ‘teorías’ y nociones sobre el origen del término ‘teoría conspirativa’ —también hay teorías conspirativas sobre las teorías conspirativas — , usado actualmente para desacreditar las versiones heterodoxas sobre los hechos, argumentando que están poco fundamentadas. Una de ellas se sustenta en el informe ‘Concerning Criticism of the Warren Report’, en el que se muestra preocupación por el alto porcentaje de personas que dudaban de la versión oficial sobre el asesinato de Kennedy, a la vez que se subraya la importancia de influir en la opinión pública, para recuperar la confianza y la credibilidad en las instituciones estadounidenses.

Y aunque hoy son estigmatizadas las teorías de conspiración, lo cierto es que, como señala Butter (2020), nos hemos basado en ellas, a lo largo de la historia, para comprender al mundo y darle sentido, a través de la construcción de narrativas. Después de todo, no siempre se tienen al alcance suficientes fuentes primarias para estudiar un asunto determinado, en un espacio y tiempo específico. A pesar de sus limitaciones científicas, las teorías conspirativas permiten, ante la incertidumbre, darle cierta coherencia a los acontecimientos, desde la dimensión especulativa, metafísica, identitaria y grupal.

Las controversias públicas, vistas durante el período presidencial de Donald Trump, evidencian que las teorías conspirativas siguen siendo relevantes para la construcción de narrativas de propaganda política. Quizá, el papel de estas teorías, como constructos culturales, es el de cuestionar lo que el rival dice, porque carece de suficientes pruebas. Lo curioso es que, aquellos que cuestionan las teorías conspirativas de los demás, también tienen narrativas que se sustentan en teorías conspirativas. No convencerán a los más críticos, pero sí a los más dados a las respuestas fáciles, mágicas e inmediatas, que respondan a sus sistemas de creencias y prejuicios.

Volviendo al tema del Caracazo, podría decirse que este fenómeno puede analizarse desde el espectro de las teorías conspirativas, que en países como Estados Unidos tiene gran relevancia. El hecho es el siguiente: ocurrieron protestas masivas en Caracas, con visibles resultados traducidos en muertos, desaparecidos, saqueos y un largo etcétera. Sobre ese hecho, existen distintas teorías, opiniones e interpretaciones, con base en datos y especulaciones. Desde entonces, la versión oficial ha sostenido que el Caracazo fue provocado por el anuncio de las medidas de austeridad y su impacto. Aunque anunciadas las medidas, todavía estas no habían entrado oficialmente en vigor, como el aumento del pasaje.

En las últimas décadas, distintos investigadores venezolanos y extranjeros han estudiado las causas y consecuencias del Caracazo. Estos trabajos han estado, en algunos casos, en una difusa línea entre el trabajo historiográfico y el periodístico. La calidad de vida del venezolano se había deteriorado considerablemente, con ingresos cada vez más bajos y sin ajustarlos al costo de la vida, luego de haber sido Venezuela, hasta unos años antes del Caracazo, uno de los países más ricos de América Latina. El sistema político, en proceso de modernización del Estado Venezolano, no respondió de la forma más adecuada a las demandas de la sociedad. Algunos alegan, con menor o mayor rigor, que el Caracazo fue planificado por sectores de la izquierda venezolana, apoyada por factores extranjeros como Cuba, quienes querían hacerse con el poder político para controlar a Venezuela (Ciccariello-Maher, 2007; Gonzalez, 2014; López-Maya, 2002; López-Maya, 2003; Castro, 2000; Peñalver, 2016; Prashad, 2013).

La presunta planificación del Caracazo sigue siendo cuestionada y entra en la dimensión de la teoría conspirativa, lo cual no la hace menos interesante, como objeto de estudio y análisis. Es necesario demostrar, con rigor lógico y metodológico, sin el uso de falacias de argumentación y sin la tergiversación de los hechos — que convencerán a algunos incautos, pero no a todos —, que fue la planificación y la organización de sectores hostiles al poder establecido, la causa principal del Caracazo, y convencer a la crítica audiencia, nacional e internacional, que las demás causas sociales y económicas del conflicto tuvieron una importancia secundaria. Un debate que, además, abre espacio a reflexiones que cuestionan el mismo rol del Estado Venezolano. Como puede verse en Dash (1984) y Yenckel (1988), en artículos periodísticos publicados en el The Washington Post — una de las fuentes de mayor credibilidad periodística internacional —, los servicios públicos de la ciudad de Caracas ya mostraban importantes deficiencias, a pesar de la riqueza que había circulado en Venezuela hasta hace algunos años. En la capital, las fallas en el suministro de agua, electricidad y teléfono eran constantes. En la investigación de Ciccariello-Maher (2007) se analiza la existencia de una compleja organización urbana en Caracas, no solo desde las variables socioeconómicas, sino además étnicas y raciales.

Más allá de las conspiraciones, que en la vida política son recurrentes, y no son exclusivas de Venezuela, sino de todos los gobiernos del mundo, razón por la cual los servicios de inteligencia de los países trabajan constante y activamente, es necesario justificar por qué el Estado Venezolano no pudo responder y manejar adecuadamente la situación. La misma debilidad del Estado Venezolano y la incompetencia de los funcionarios que ejercieron importantes posiciones de poder en el mismo, debe ser analizada. También hay que justificar por qué otras conspiraciones no han triunfado en el territorio de Venezuela, aun cuando han sido promovidas y financiadas por importantes grupos.

El sefardí Alexander Del Mar, economista e historiador numismático estadounidense, primer director de la Oficina Nacional de Estadísticas del Departamento del Tesoro de los Estados señaló que, detrás de la Guerra Civil de los Estados Unidos, esa del siglo XIX, entre los Estados del norte y los del sur, tuvo un papel importante el financiamiento internacional de factores que, veían en los Estados Unidos el ascenso de una nueva potencia imperial, con mucho potencial. La hipotéticamente planteada balcanización de Estados Unidos por filósofos rusos, que puede analizarse en Quintero (2019), tiene antecedentes en el siglo XIX, en la obra de Del Mar, quien consideraba al dinero un arma de guerra, y a lo largo de su extensa obra, fue su objeto de estudio el uso del dinero para promover caos, rebeliones y conspiraciones, a través de ataques a la moneda, falsificaciones, contrabando y negociaciones. Y no todas esas conspiraciones triunfan: así como Estados Unidos no se fragmentó o balcanizó en el siglo XIX, la conspiración del 30 de abril de 2019 en Venezuela tampoco tuvo éxito. La existencia de una conspiración no necesariamente justifica los fracasos de un grupo para manejar sus propias responsabilidades. La torpeza y la incompetencia siguen siendo causas explicativas.

En las ciencias sociales, los análisis no deben ser sesgados; la opinión y la postura del investigador no debe afectar la factualidad y la objetividad de su criterio. Los problemas sociales, complejos y multifactoriales, deben analizarse desde una perspectiva amplia e integral. Se presume que se busca la verdad y no la construcción parcializada de narrativas que puedan satisfacer los intereses políticos y económicos de algunos sectores. Existieron problemas muy documentados que no deben ser obviados. El hecho de que, posteriormente, estos problemas se hayan o no exacerbado, no niega que hayan existido antes. Se deben evitar las falacias argumentativas; la verdad, la teoría, la opinión, la especulación y la percepción son cosas muy diferentes.

Escalada de conflictos sociales y políticos en 2020

No solo en Venezuela, sino en otros países del mundo, debe reflexionarse sobre el Caracazo, considerada por algunos la revuelta popular más grande e importante en la historia de América Latina, como puede verse en Coronil (1997). Especialmente, en países en los que se habla constantemente, en la opinión pública, de una posible movilización ciudadana violenta, debido a las contradicciones culturales, sociales y económicas que, durante décadas, se han acumulado. En Israel, por ejemplo, país ubicado en una región de alta conflictividad socio-religiosa, y de fuertes disputas geoeconómicas, Lieberman acusa al primer ministro israelí Netanyahu de incitar una guerra civil.

Los medios de comunicación son, para algunos, uno de los actores responsables de la barbarie del Caracazo en Venezuela, debido a que estos mostraron activamente vídeos de robos y saqueos, lo cual pudo haber promovido, todavía más, este tipo de conductas criminales y delictivas. Una opinión que puede tener algún sentido, partiendo de que los medios son nuestra principal fuente de información. Los medios, aunque en ocasiones lo hagan de manera inconsciente, en su estatus de principal e inmediato proveedor de información, también fomentan conductas, patrones de consumo, preferencias, gustos o matrices de opinión.

Cuando se habla del Caracazo, y luego del 11 de abril de 2002, se habla de hechos que ocurrieron hace veinte y treinta años, sin las redes sociales. ¿Qué puede pasar hoy, ante nuevos eventos de gran impacto político y social, con redes sociales? Esta pregunta debe analizarse cuidadosamente, con sus posibles implicaciones; sin descontextualizar los últimos sucesos. Resalta la postura de Donald Trump para limitar el alcance, los poderes y las funciones de las redes sociales y su ‘fact-checking’, que algunos señalan que podrían estar siendo usadas para censurar, mientras que otros dicen que las redes sociales buscan, aparentemente, que se difunda información factual, alejada, en lo posible, de las teorías conspirativas. Se busca, entonces, que Twitter cumpla con las responsabilidades legales de editor (Trump to ‘sign executive order about social media’, 2020; Romm, 2020; Trump to take ‘big action’ against social media, 2020).

Sin entrar a discutir a favor o en contra del multiculturalismo, lo cierto es que, en un menor o mayor grado, las diferencias en la sociedad, si no son bien conducidas, pueden llevar al caos generalizado. La política es el arte de la negociación y el consenso de quienes son diferentes. Pero la actual composición étnico-demográfica de los Estados Unidos, vista desde ciertas perspectivas, puede convertirse en caldo de cultivo para un mayor enfrentamiento cultural, como se evidencia a lo largo de la obra de Dugin (Дугин, 1997). Y por más que la propaganda culpabilice a Rusia de lo que pasa o no pasa en Occidente, podría existir un movimiento que, teniendo sede en Occidente y su centro en los Estados Unidos, promueve una agenda mundial, a través de la construcción de convenientes alianzas que así lo permitan, como puede verse en Ciobane (2018), con base en pruebas e investigaciones, más que en opiniones y percepciones.

Las advertencias sobre una escalada en el conflicto social – algunos incluso hablan de una posible guerra civil- en los Estados Unidos no son nuevas; son, incluso, anteriores al intento de impeachment contra Donald Trump, que resultó triunfador. Una buena parte de los simpatizantes de Donald Trump son parte de la llamada América profunda, que sigue sin ver completamente satisfechas sus demandas. Se espera que las elecciones presidenciales de noviembre de 2020 puedan desarrollarse con cierta normalidad, pero nada puede garantizarlo. La astrología está muy lejos de ser exacta, mucho más que las ciencias sociales. En caso de que se diera una protesta social, o peor aún, una verdadera revuelta ciudadana, habría que preguntarse lo siguiente: ¿A quién van a culpar? ¿Se le echará la culpa a unos o a otros, sin reconocer las contradicciones que, de fondo, ya estaban en la sociedad estadounidense? ¿En quién reside la soberanía de los Estados Unidos? ¿Cuántas teorías conspirativas van a surgir sobre los acontecimientos? Como puede evidenciarse en Matthew Bigg (2008), en un artículo publicado en Reuters, los crímenes de odio y las tensiones sociales se estaban exacerbando antes de la llegada de Trump al poder.

No, no es solo un Estados Unidos dividido en lo étnico-racial. Los valores culturales de Estados Unidos son cuestionados, entre quienes creen que el multiculturalismo ha cambiado demasiado la identidad y la imagen del estadounidense, y quienes creen que el alma de los Estados Unidos reside en su diversidad y pluralidad. La sociedad estadounidense tradicional, que había sido históricamente muy religiosa, también debate sobre el impacto que ha tenido la inmigración sobre las creencias de los ciudadanos. Hasta hace poco, había Estados que todavía prohibían la sodomía y un sector de la población de esas localidades no está de acuerdo con que se haya aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo y género. Más allá del matrimonio igualitario, que ya en muchos países se asume como un cambio que podría ser inevitable en el futuro, incluso en países conservadores y hostiles a los homosexuales, ahora también emerge un debate partidista sobre la pedofilia y la pederastia.

Los aparatos de propaganda de cada partido político acusan al otro de tener un candidato pedófilo. El hijo de Donald Trump acusó pública y abiertamente a Joe Biden de pedofilia. No en vano, en la revista conservadora The Trumpet, como puede evidenciarse en Miller (2020), se analiza la posibilidad de una nueva guerra civil en los Estados Unidos, no solo desde el enfoque de la crisis política e institucional, sino desde el espiritual y teológico. En gran medida, la base del apoyo a Donald Trump viene de los euroestadounidenses blancos y evangélicos.

Algunos sectores en Estados Unidos podrían estar indignados ante la etiqueta ‘pedófilos inofensivos’, debido a la negativa precepción sobre esta condición. Si bien es cierto que lo que es punible es el acto y no el deseo, es decir, la pederastia, hablar de pedofilia es un tema tabú en Estados Unidos. Ya en Berlín (Alemania) existe el Project Dunkelfeld, que ofrece apoyo a los pedófilos y persigue, como su principal objetivo, terminar con la estigmatización de la pedofilia, que unos consideran perversión y otros orientación sexual. Más allá de esta polémica discusión, según datos oficiales de la FBI, la tenencia y consumo de pornografía infantil es uno de los delitos que crece con mayor rapidez en Estados Unidos. Los arrestos por pornografía infatil han aumentado en 2500%, en solo una decada (Bothell, 2015; The Men Who Call Themselves Non-Offending Pedophiles, 2019; Carey, 2018; Falk, 2018).

Cabe destacar también que, el director del Departamento de Estudios Católicos de la Virginia Commonwealth University, el Dr. Andrew Chesnut, ha definido a Estados Unidos como una cristocracia. La agenda de los grupos religiosos juega un papel muy relevante en las políticas públicas que se aplican en Estados Unidos y hasta en otros países que, hostiles o no a los Estados Unidos, pueden ser útiles para los intereses de unas u otras élites. De manera que, hay élites estadounidenses impulsando múltiples agendas en el mundo, no siempre en consonancia con las promovidas por las otras élites del propio país.

En este contexto de divisiones, tendrán lugar las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Las advertencias de guerra civil se agravan todavía más con las acusaciones y advertencias de fraude electoral. El sistema electoral estadounidense, que tiene vicios comprobados científicamente y no son una mera especulación —como puede evidenciarse en Fund y Von Spakovsky (2018) —, con casos comprobados de personas muertas que están registradas en el sistema electoral, se ve amenazado por la crisis del coronavirus covid-19, razón por la cual algunos exigen que se pueda votar por correo, alegando que podría ser más sano y seguro, en tiempos de pandemia. Donald Trump y los militantes del Partido Republicano han advertido que, posiblemente, puede gestarse un fraude electoral. Y algunos analistas, expertos en el derecho, han planteado y analizado la posibilidad de que Donald Trump no deje el poder, como puede verse en McQuade (2020), en un artículo publicado en The Atlantic. En Kilgore (2020) se observa que, los republicanos han advertido que, la vía para evitar la escalada del conflicto político y social en Estados Unidos es evitar el fraude electoral que las legislaturas estatales podrían facilitar.

¿Serán o no las redes sociales la gasolina de los enfrentamientos civiles? El mismo Donald Trump, durante el juicio que terminó hace algunos meses, advirtió que el impeachment podía ocasionar, ni más ni menos, que una guerra civil. Y aunque Estados Unidos hace de policía del mundo, el resto de los países debe respetar la soberanía y no intervenir en los conflictos internos de ese país. ¿Quiénes podrían beneficiarse de un aumento de la crispacion social de los Estados Unidos? ¿Los beneficiados estarían únicamente fuera de los Estados Unidos? ¿O también dentro de ella? Como puede evidenciarse en Cohen (2020), el reconocido analista conservador Rush Limbaugh — muy cercano, en su momento, al ex-presidente Ronald Reagan —, también se ha sumado a las voces que predicen un deterioro de la estabilidad política en los Estados Unidos. Unos le creen y otros no. Pero nadie tiene una bola de cristal para predecir con exactitud el futuro.

El Caracazo podría terminar siendo, en tales vicisitudes, un producto social de exportación, más allá del petróleo, el cacao, el ron y las misses. Un Caracazo en Minneapolis. Un Caracazo en Los Angeles. Un Caracazo en Memphis. Un Caracazo por aquí, un Caracazo por allá. Todavía faltan varios meses para las elecciones, y las redes sociales, como medios que sirven para viralizar mensajes en cuestión de segundos, pueden ser un importante detonante de las protestas sociales en los Estados Unidos, las cuales se están intensificando con el paso del tiempo. ¿A quién culparán ahora, sin asumir su cuota de responsabilidad? Parte de la América rural profunda quiere ser escuchada; votó por Trump porque, en él, se vio representada; caso analizado por Dreher (2016). Los más exagerados recuerdan que Estados Unidos es un país donde un sector importante de la población se encuentra armado, y como se puede evidenciar en Becket (2020), en un artículo publicado en The Guardian, hay quienes parecen estar dispuestos a usarlas para defender sus convicciones. Los datos y los hechos hablan, a veces, por sí solos, generando tanto ruido que en ocasiones silencian las teorías conspirativas.

Aunque no todas las advertencias se cumplen, no deben ignorarse los pronósticos que indican una escalada en el conflicto social. Menos aún, cuando los hechos confirman el aumento de la conflictividad. El día de hoy, 27 de mayo de 2020, el comisionado del condado de Otero y líder de los ‘Cowboys for Trump’, Couy Griffin, ha declarado públicamente que algunos gobernadores demócratas deberían ser ejecutados por traición a los Estados Unidos, es decir, merecen la pena de muerte. Concretamente, se refirió a los gobernadores de Michigan y Virginia, debido a las restricciones impuestas para controlar la propagación del coronavirus covid-19. Algunos lo acusan de promover el lenguaje de odio con esas declaraciones. ¿Qué tan posible es que esos pequeños Caracazos, esos que actualmente se ven en varias ciudades de los Estados Unidos, se extiendan a lo largo y ancho del territorio nacional? Un refrán dice que guerra avisada no mata soldados.

Material referencial consultado:

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Publicado por Vicente Quintero

Licenciado en Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana de Caracas. Preparatoria en Lengua y Cultura Rusa en la Universidad Estatal Politécnica de San Petersburgo. Especialización en Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Central de Venezuela. Estudios de Teología por el Patriarcado de Moscú, Diócesis de Sudamérica y Argentina, bajo la dirección del Metropolita Serguéi Pologrudov.

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