BCE: ¿El monstruo de Frankenstein alemán?

Frankenstein, la novela de Mary Shelley, es un clásico literario y una de mis obras favoritas. Me parece un libro con implicaciones profundas, porque en él Shelley reflexiona acerca de los posibles límites de la creatividad de los seres humanos. ¿Existen normas que no pueden traspasarse? ¿La ciencia tiene límites? El Dr. Frankenstein desafió a las “leyes naturales” y logró crear una vida independiente, un ser que posteriormente trajo muerte tras verse frustrado por la falta de aprecio que le tenían los seres de la misma especie que el doctor –perdonen el spoiler, aunque el libro tenga 202 años-. Su creación, en definitiva, le atormentó.

Quizá el BCE no sea un monstruo, sería algo exagerado calificarlo así, pero sí guarda ciertas similitudes con el personaje de la obra mencionada. Es la obra de alguien que ahora empieza a repudiarlo: Alemania.

Alemania –federal, no la RDA-, ha sostenido en las últimas décadas un modelo en concreto de banco central. En efecto, tras la segunda Guerra Mundial, crearon, con el apoyo de los aliados, el Bank deutscher Länder –precursor del Bundesbank-, que tenía varias notas que le caracterizaban, aunque había una que destacaba por encima del resto: su independencia de los políticos. También su finalidad le definía, sucintamente evitar una inflación que perturbaba la conciencia nacional alemana en base a unas experiencias pasadas que les dejaron realmente traumatizados, con miedos recurrentes. El modelo se consolidó totalmente con la creación del Bundesbank en el año 1957, un banco central que llegó a ejercer una gran influencia política; quien lo niegue que indague acerca de lo que le ocurrió a Helmut Schmidt cuando se enfrentó a esta institución burocrática.

Posteriormente, la obra alemana se replicó a nivel europeo. Puede decirse que el BCE es el tercer prototipo del monstruo de Frankestein que ha creado Alemania en medio siglo –en este último caso con la aquiescencia del resto de estados miembros de la Unión Europea-. El primero generó problemas al gobierno de Adenauer, que pretendía controlar la política monetaria -ningún gobierno alemán pudo jamás hacerlo-, el segundo logró romper una coalición de gobierno –liderada por el sr. Schmidt- y se enfrentó posteriormente a Helmut Kohl en la reunificación. Existían evidentes antecedentes que ponían de manifiesto los problemas institucionales que tenían. Quizá esto pueda deberse a que las competencias no estaban realmente bien delimitadas, cabe pensarlo.

Ahora el BCE trae de cabeza a otro organismo del estado alemán, su Bundesverfassungsgericht (Tribunal Constitucional Federal). Ya en el proceso de integración monetaria –y política- el TCF trató de marcar territorio con su sentencia sobre el Tratado de Maastricht en 1994. Traerla a colación en estos momentos parece obligado, ¿por qué?

En esta sentencia el TCF alemán legitimó la independencia del Banco Central Europeo, consistente en blindarle frente a influencias externas de instituciones representativas nacionales y de la Unión Europea principalmente, haciéndolo muy poco controlable. Ello lo justificó en base a un argumento que se puede considerar falso incluso desde su propia perspectiva nacional. El razonamiento que esgrimió fue que cuando la política monetaria está dirigida por técnicos especialistas, esta actuación va a generar un impacto más positivo sobre la economía que si la política monetaria estuviera dirigida por los políticos. Cuestión que según el TCF se había demostrado científicamente, aunque irónicamente en los dos grandes procesos hiperinflacionarios que tuvo Alemania en el primer tercio del siglo XX ya tenía un banco central independiente.

En su última sentencia famosa, el TCF alude a que el BCE ha podido extralimitarse en su mandato, porque podría haber afectado en exceso a la política fiscal de los estados en la ejecución del Programa de Compras del Sector Público (PSPP-Public Sector Purchase Program). El BCE ha venido llevando en los últimos años una política a través de la cual podía comprar deuda pública de forma indirecta en mercados secundarios, es decir, no directamente a los estados -que no pueden prever la actuación del BCE-, con el objetivo de financiar la deuda soslayando la prohibición que tiene de hacerlo –directamente- en el derecho originario (artículo 123 TFUE).

Pero, con la justificación que dio el TC alemán sobre la independencia, viendo la autonomía del BCE, ¿era posible que el BCE no afectara con su actuación a la política fiscal de los estados miembros? ¿Para entrar en el euro algunos estados no modificaron su política fiscal? ¿Para mantenerse sin problemas en el euro es posible realizar políticas fiscales que no tengan como objetivo principal el equilibrio presupuestario?

Parece difícil –o imposible- separar la política monetaria de la política fiscal. De hecho, los gobiernos suelen utilizar la política monetaria de su país para crear efectos económicos determinados.

Hay una definición errónea en los tratados acerca de la posibilidad de realizar políticas monetarias inocuas, el TCF justificó la independencia precisamente en la interacción de las políticas, que es la realidad, y ahora pretende que le rindan cuentas cuando el tribunal justificó su situación actual. Los estados establecieron una concepción errónea en 1992, pero el TCF no lo señaló en 1994.

¿Acaso creían que el BCE no iba a tener vida propia? Son cómplices de justificar en cierto grado que los estados de la UE hayan perdido el control también sobre la política fiscal. Ahora pretenden que puedan retrotraerse las actuaciones, pero es tarde mientras no se modifique la estructura del BCE, sus fines y la definición acerca de la interacción entre las políticas mencionadas. Lo que quiero decir es que no es tarde en el sentido que lo fue para el Dr. Frankenstein.

Hoy, Alemania a través de su TCF persigue a su propia creación, tal y como hiciera aquel innovador doctor ficticio con la obra que le martirizó. Solo que esto no tiene nada de ficción. Salvo la definición que separa la política monetaria de la política fiscal, el resto es todo real. La obra alemana ha podido atormentar a toda la Eurozona. ¿Os acordáis cómo se modificó el art. 135 de la Constitución Española? ¿Quién lo “recomendó”?

Su creador trata de atarla, pero si quieren otro modelo solo les queda dejar la unilateralidad y negociar con los demás Estados Miembros de la UE una modificación del derecho originario. Al igual que lo crearon, los gobiernos pueden cambiarlo –porque es una institución, no un monstruo realmente hablando-. Mientras tanto, la persecución unilateral nos perjudicará a todos, como perjudicó el monstruo a los miembros de la familia del doctor.

Publicado por Miguel López

Graduado en Derecho y en Ciencia Política y de la Administración Pública en la UAM. Actualmente cursando el Máster de Acceso a la Abogacía en la UNED.

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