Al final del arco iris

De entre los dos millones de soldados alemanes que sufrieron un destino similar, uno en particular murió en un hospital de campaña en Rusia. En el invierno de 1915, su cuerpo había recibido el impacto de una metralla. Este solado, como digo, fue uno entre muchos, pero su historia la conocemos solo porque su novio la relató en una carta enviada un año después al Comité Humanitario Científico, entonces el principal grupo de liberación homosexual de la época. «Ha perdido su brillante vida», escribió, refiriéndose a su novio, «por la patria». La patria que prohibía las relaciones sexuales entre hombres, que impedía que hombres como aquel soldado y su novio manifestaran su amor en público, que garantizaba la persecución criminal a personas como ellos.

Estas leyes contra la sodomía se originaron en las prohibiciones medievales contra la «fornicación antinatural» y ofensas a lo divino. La noción de lo que constituía un delito no cambió hasta la llegada de la Ilustración. El código penal adoptado por la Revolución Francesa fue el primero en el mundo en excluir la homosexualidad como un crimen en 1791 (puesto que en la época colonial los conquistadores europeos impusieron sus códigos en los territorios que ocupaban, no debería sorprendernos que los países que nunca han criminalizado la homosexualidad, como Mónaco y Bélgica, fueron aquellos conquistados por Francia después de este periodo). Cuando los países latinoamericanos consiguieron su independencia, las leyes coloniales fueron reemplazadas por sistemas judiciales inspirados en el francés, particularmente como consecuencia de la importancia que los valores ilustrados tenían para las élites latinoamericanas.

Durante el siglo XX, sin embargo, la homosexualidad todavía se consideraba un delito en la mayor parte del mundo. En Sicilia, los agentes de policía arrestaban regularmente a sospechosos «pederastas»; una vez en custodia, eran interrogados y sometidos a exámenes anales con el propósito de determinar si se habían involucrado recientemente en «pederastia pasiva». Aunque el régimen de Mussolini no reunía datos precisos acerca de los homosexuales a quienes encarcelaba, entre 1927 y 1939 solo en Roma se registraron las condenas de no menos de mil de ellos. En la Alemania Nazi, según los registros históricos, los homosexuales constituyeron al menos 50 000 de las víctimas del holocausto («Cualquiera que piense en amor homosexual», expresaron los nazis en 1928, «es nuestro enemigo»). En España, durante el régimen de Franco al menos 4000 homosexuales fueron encarcelados. En Islandia, entre 1935 y 1969 se penaron a unos 2111 hombres y unas 618 mujeres por «fornicación antinatural».

Gráfico 1

Hoy por hoy, es imposible mirar al pasado sin notar cuánto ha cambiado. En buena parte del mundo, las actitudes positivas hacia las personas LGB superan las actitudes negativas. En el continente americano, el 66 % de los encuestados concuerda en que la igualdad de derechos es independiente de la orientación sexual o la identidad de género, en contraste con el 16 % en desacuerdo. Las cifras son bastante similares para Europa occidental (64 % y 14 %, respectivamente), Asia y Oceanía. Dos tercios de los americanos y los europeos favorece la defensa contra la discriminación laboral, frente a solo un 16 % que se opone a ella.

Existen varias causas tras este progreso. Por un lado, en un mundo globalizado todos participamos en una sociedad en que la difusión de normas y costumbres es más eficaz. Este es precisamente uno de los factores más influyentes en la despenalización de la homosexualidad. La religión, por otro lado, sin duda puede promover la intolerancia de ciertas conductas contrarias a sus cánones divinos, por lo que el papel de la secularización en la evolución de las actitudes no debe desdeñarse. Las naciones cuya población es más religiosa son más reticentes a adoptar posturas tolerantes hacia la libertad sexual (esta influencia es más evidente en los países en que la religión dominante es protestante o evangélica, tanto en Latinoamérica cuanto en Europa). Y, finalmente, no podemos olvidarnos del activismo social, cuyo éxito general depende de su capacidad para establecer lazos con organismos no gubernamentales e instituciones internacionales para defender la igualdad de derechos y, además, promover la visibilización. Como verás, saber que hay personas LGBT entre tus amigos o familiares aumenta tu tolerancia en muchos aspectos.

Pero no hay que dejar que las buenas noticias nos distraigan demasiado. Sí, es cierto, hay motivos para estar orgullosos. Sí, así es, el mundo ha cambiado mucho en el último siglo. Sí, no hay duda alguna, nuestra vida es mucho mejor ahora. Al mismo tiempo, sin embargo, vale la pena prestar más atención al presente. El Barómetro Global por los Derechos LGBT, creado en 2011, cuantifica el estado de los países en cuestión de, bueno, derechos LGBT al tomar en consideración protecciones constitucionales, indicadores sociales, factores económicos y la opinión política. Aunque los países más desarrollados tienen mejores puntuaciones que los menos, la tendencia global deja mucho que desear.

En Uganda el año pasado se propuso la introducción de un proyecto de ley, conocido coloquialmente como «Matad a los gais», cuyo propósito es imponer la pena capital a quienquiera que se involucre en relaciones con el mismo sexo. El ministro de integridad y ética —ejem— argumentó que no se podía permitir «el reclutamiento y la promoción de la homosexualidad» en el país. Dos semanas más tarde, dieciséis hombres fueron detenidos después de que la policía descubriera condones, lubricantes y antirretrovirales en la institución de caridad en la que trabajaban. «Basados en el informe médico», explicó un oficial, «se estableció que los sospechosos estaban involucrados en actos sexuales punibles bajo el código penal actual».

Uganda no es un caso extraordinario. En Kenia, el 90 % de la población no está de acuerdo con que la sociedad acepte las relaciones homosexuales. Entre 2013 y 2017, más de 500 personas fueron arrestadas por mantener relaciones con su mismo sexo, y desde 2014 ha habido más de 1500 ataques contra personas LGBT (indudablemente una subestimación, ya que muchas víctimas se rehúsan a acudir a la policía por temor). En marzo de este año, la corte de Singapur ratificó su ley contra la homosexualidad, bajo la cual puede penarse con hasta dos años en la cárcel. Dos años antes, Hungría prohibía el musical Billy Elliot porque, de acuerdo con un periódico local, «haría gais a los niños» al promover una «forma desviada de vida». En Irán, Afganistán, Arabia Saudí, Nigeria, Sudán, Somalia, Catar, Mauritania y Yemen, la homosexualidad aún es un crimen punible con la muerte. En otras partes del continente africano aún puede castigarse con una vida en prisión.

Las malas noticias no se acaban aquí. El auge del populismo ha traído consigo crecientes olas de violencia. En un sexenio, 473 personas LGBT fueron asesinadas en México, pero solo 47 de los casos fueron investigados como crímenes de odio. Las víctimas más comunes fueron mujeres trans (la mitad de los casos registrados), seguidas de los gais (el 40 %) y, por último, lesbianas y hombres bisexuales (el 3 % entre ambos). En 2019 se registraron al menos 177 crímenes de odio en Argentina, de los cuales la mitad fueron asesinatos, la otra mitad agresiones físicas. En términos generales en Latinoamérica, los ataques contra personas LGBT aumentaron en la última década. Una parte del incremento en las estadísticas puede deberse a una mayor visibilidad; pero es seguro que otra parte constituye aumentos reales por la misma razón. La justificación para esta sospecha es que, en los países desarrollados, donde la visibilidad desempeña un papel menor, se han registrado aumentos similares. En Inglaterra y Gales, la cantidad de agresiones contra personas LGBT ha aumentado más del doble desde las cifras de 2013. En los Estados Unidos, así mismo, los datos del FBI demuestran la tendencia en ascenso de los ataques basados en orientación sexual e identidad de género desde 2014 hasta 2017.

No debería sorprendernos que la población LGBT sea más propensa que la población general a sufrir de ciertos «trastornos» psiquiátricos. En concreto, los gais son más propensos a sufrir de depresión y ansiedad que las personas heterosexuales, pero los hombres bisexuales manifiestan una tendencia mayor. También es más probable que los gais traten de suicidarse que las personas heterosexuales, y una vez más en los bisexuales el número de intentos es mayor («los bisexuales», porque los hombres se ven más afectados que las mujeres). En países como Canadá, donde los crímenes de odio parecen ser bastante infrecuentes, el suicidio es la principal causa de muerte de las personas homosexuales. El periodista Marcos Bartolomé explica que «desde 2007 se han suicidado más homosexuales que los que han muerto por sida».

El que la incidencia de «trastornos» psiquiátricos sea mayor en la población LGBT se debe, en gran parte, al aislamiento, el rechazo, la falta de apoyo y la marginalización. Como consecuencia del estigma social asociado con la etiqueta, se estima que el 95 % de las personas LGBT en Medio Oriente y África del Norte, así como el 90 % de aquellas en el África subsahariana, viven en el clóset. Y pese a que las actitudes en Norteamérica y Europa occidental son más progresistas, al menos un tercio aún lo hace.

En los Estados Unidos, cerca de 1,6 millones de jóvenes viven sin hogar, hasta el 40 % de los cuales se identifica como LGBT. Uno de cada cuatro jóvenes es forzado a abandonar su hogar por sus padres. Cerca de la mitad de estos jóvenes confiesa haber experimentado algún abuso sexual por parte de algún tutor, y poco más relata haber sufrido alguna victimización en las calles, en comparación con una cuarta o tercera parte, respectivamente, de las personas cisheterosexuales.

Si no tienen que abandonar su hogar o soportar la discriminación familiar, numerosos jóvenes son enviados a terapias de conversión (hace poco criminalizadas en Canadá y Alemania, y completamente prohibidas en Brasil, Ecuador y Malta). Si bien al menos 75 instituciones médicas nacionales las condenan, además de la Asociación Mundial de Psiquiatría y la Asociación Médica Mundial, las terapias de conversión continúan realizándose en la mayor parte del mundo, en general apoyadas por instituciones religiosas. Una víctima que compartió su experiencia relató que

El terapeuta dio instrucciones para que me amarraran a una mesa y me pusieran hielo, calor y electricidad en el cuerpo. Me obligaron a ver en un televisor videos de hombres homosexuales que se tomaban de las manos, se abrazaban y tenían sexo. Se suponía que asociaría esas imágenes con el dolor que estaba sintiendo para hacerme heterosexual de una vez por todas. […] La práctica puede ser realizada por un terapeuta autorizado en una oficina, en un campamento estilo correccional, por un padre que castiga continuamente a su hijo por ser demasiado femenino o por un pastor que quiere utilizar la oración para eliminar la homosexualidad.

Una terapia de electrochoque como esta puede durar hasta 400 sesiones, y se han documentado en China, India, Indonesia, Irán, Líbano, Malasia, Estados Unidos, y gran parte del territorio europeo. En Reino Unido, se estima que más de 20 000 personas homosexuales han sido enviadas a terapia, y al menos el 10 % de los profesionales en salud las han ofrecido. ¿Qué incluyen otras terapias de conversación? Bueno…

un sobreviviente explicó que su “terapeuta” le había pedido una vez que cerrara los ojos y se frotara para excitarse y luego rompió una cápsula de amoníaco debajo de su nariz para generar aversión. Otro sobreviviente explicó que en un momento se le indicó que usara una banda elástica alrededor de su muñeca y que se la rompiera cada vez que pensara en un hombre sexualmente. Otros relatos incluyen el uso de hielo o bobinas calientes colocados en las manos de le “paciente”/víctima para infligir dolor mientras se le expone a cierto tipo de contenido visual relacionado con la homosexualidad.

Otras terapias consisten en un ridículo «reacondicionamiento masturbatorio», en el que se pide (¿quizá debería decir «obliga»?) a las personas a que se masturben con fantasías heterosexuales. Muchas veces, estas terapias se llevan a cabo en campamentos en que los internados son apartados de sus familias, con frecuencia sin que sus padres sean completamente conscientes de lo que sucede dentro. Una vez internados, los «pacientes» se exponen a gritos y humillaciones; son aislados y amenazados; las mujeres son obligadas a vestir como prostitutas para «aprender el comportamiento femenino» y a tener relaciones sexuales con otros internos. Cerca de la mitad de quienes que asisten a las terapias intentan suicidarse; en algunas ocasiones lo consiguen.

Pero no debemos olvidar que la sopa de letras también contiene una «I». Y que las personas homosexuales no son las únicas obligadas a tolerar prácticas médicas inspiradas en prejuicios y carentes de toda evidencia. En Cuerpos sexuados, la bióloga estadounidense Anne-Fausto documentaba hace ya veinte años los efectos negativos asociados con las «correcciones» sexuales realizadas a las personas intersexuales: fibrosis, insensibilidad, dolor residual en el clítoris y estenosis (estrechez de un conducto). Revisiones bibliográficas más actuales ponen de manifiesto que la mayoría de los intersexuales expresan disgusto con los resultados (no solo porque al crecer se registran complicaciones urinarias en al menos un tercio de los casos, sino porque la pérdida de sensación y la irritación son, a menudo, efectos colaterales de dichas intervenciones). Actualmente, el consenso científico es que las cirugías genitales deberían posponerse hasta que los individuos tengan la edad suficiente para tomar una decisión y dar su pleno consentimiento. También existe un creciente activismo por los derechos humanos que aspira a prohibir estas prácticas (y, si prestaste atención a los datos, razones no les faltan).

Sin embargo, no parece que las prácticas hayan cambiado demasiado. En un estudio australiano de hace pocos años, por ejemplo, más de la mitad de las personas intersexuales habían sido sujetas a intervenciones médicas. Aunque las estadísticas son escasas, por lo que tener una idea de la frecuencia con que todavía ocurren es difícil, un informe del Observatorio de Derechos Humanos en los Estados Unidos notó que las cirugías aún se siguen realizando (según fuentes citadas, la edad promedio en que se realiza la intervención es de 11 meses). En Francia, Croacia, Eslovenia y República Checa aún se registran cirugías de corrección asimismo.

Este año, después de que el Departamento Interior estadounidense advirtiera a sus empleados de que las leyes de protección contra discriminación no incluirían la orientación sexual (aparentemente, solo así habría adhesión «a las regulaciones que proporcionan igualdad de oportunidades para todos los estadounidenses»), la Corte Suprema estadounidense ratificó su compromiso con la protección contra la discriminación de personas LGBT. Este evento puede interpretarse de dos formas. Para algunos, incuestionablemente se trató de una victoria. Para otros constituyó un mensaje bastante claro: disfrutemos de lo que hemos conseguido, pero no nos conformemos. Todavía nos queda mucho por hacer. El novio de aquel soldado alemán soñaba con que un día su país los aceptara:

Muchos fueron y arriesgaron su vida, muchos la perdieron, y algunos aún puede que la pierdan, ¿y deberían aquellos que regresan ser perseguidos una vez más bajo ese desafortunado párrafo 175 [que penaba las relaciones homosexuales]? Debemos ser y seremos victoriosos, y la patria nos concederá la victoria de una «liberación final».

Y henos aquí, más de un siglo después, con personas que nos quieren regresar al pasado.

Publicado por Alejandro Rujano

Exestudiante de Lenguas Modernas, interesado en el comportamiento humano. Aficionado de la estadística y adicto al café.

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