Bielorrusia: Crónica anunciada del último dictador de Europa.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-53789197

Minsk, ciudad destruida hasta en ocho ocasiones, se levanta ante el que parece el último dictador del viejo continente.

Pero para comprender a este pequeño país de diez millones de habitantes, debemos comprender su pasado. Bielorrusia surge tras la disolución de la Unión de Repúblicas Soviéticas (URRSS) en el año 1991, sobre él recae una gran herencia comunista, tanto cultural como económica. Pero ¿qué ha hecho levantarse a los bielorrusos?

La principal razón es la corrupción e impopularidad de su nuevamente autoproclamado presidente Aleksandr Lukashenko. Lukashenko, que se definía como critico al régimen comunista y reformista, ganó sus primeras elecciones en 1994. Pronto abandonó su agenda reformista para perpetrarse en el poder desde entonces. 26 años después, y tras un fraude electoral que le ha brindado el 80% de los votos, el futuro político del país parece más que dudoso.

Ámbito nacional

Son varios los factores que han propiciado la más que visible impopularidad del mandatario.

Por un lado, la crisis económica comienza a hacer mella en el balance nacional del pueblo bielorruso. Con una economía de corte comunista, donde el sector privado tan sólo representa un tercio de esta y con gran dependencia de los subsidios rusos que representan el 10% del PIB del país, Bielorrusia se enfrenta a una tremenda crisis económica que puede llevar a sus conciudadanos a la pobreza más extrema.

A su vez, la pandemia que azota al mundo tampoco ha ayudado al autoproclamado Presidente. Su pasividad y falta de medidas han llevado al contagio de 77.000 bielorrusos. Son numerosas las declaraciones disparatadas que ha expresado el mandatario para combatir el virus, tales como: “hay que lavarse las manos con vodka”, o “beber 100ml de alcohol al día para envenenar al virus”. El miedo entre la población es real, pero es aún mayor el pánico que produce en algunos de sus ciudadanos la posibilidad de quedarse sin trabajo y, por ende, no tener para comer.

Lukashenko, lejos de tomar medidas para mitigar los efectos del virus y ayudar a la población a subsistir ante un utópico confinamiento del país, se ha inclinado por la represión. La KGB, sí han leído bien, el aparato policial y represivo del gobernante, ha realizado numerosas detenciones y cargas contra disidentes y manifestantes. Poco se sabe de los detenidos y, los que han reaparecido, relatan torturas y tratos denigrantes por parte de las fuerzas de seguridad. El propio Lukashenko se ha lanzado a las calles vestido de uniforme militar, fusil en mano, ante la atónita mirada de la comunidad internacional.

Antes de las malogradas elecciones y a la vista de la situación que atravesaba el país, Lukashenko se propuso disipar toda competencia y oposición. Son muchos los exiliados y solamente la Premio Nobel de Literatura, Svetlana Aleksiévich, parece conservar algo de respeto y tolerancia por parte de los opresores. La prensa y los medios son controlados por “expertos” rusos que apelan y fomentan el uso de la fuerza policial para extinguir lo que ellos consideran como delincuentes callejeros.

Ámbito Internacional

Bielorrusia se encuentra bajo la influencia de Rusia, que a pies juntillas se rige por la consigna maquiavélica de “economizar el poder”. La relación entre ambos países se basa en la cooperación militar y política. Pese a la relativa distancia y enfriamiento que sufrían sus relaciones tras la intervención rusa en Ucrania, el Kremlin sigue siendo el principal proveedor de gas y petróleo para la nación bielorrusa, otorgándole un poder de negociación e influencia muy alto.

El enquistamiento de una intervención armada y el gasto que supone para el gobierno ruso una intervención armada como ocurre en Ucrania, hace virar la estrategia rusa, que toma forma a través de su soft power. Los mandatarios rusos desean evitar las siguientes situaciones: la enemistad de los conciudadanos bielorrusos (algo que parece difícil a estas alturas), el acercamiento de Bielorrusia a la OTAN (lo que supondría una amenaza para su seguridad nacional) y evitar que el despertar cívico del pueblo bielorruso se extienda a su territorio.

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Por su parte, la ONU, a través de su Consejo de Seguridad, parece tener las manos atadas en esta cuestión, ya que todas las medidas que se propongan para resolver el conflicto y evitar la injerencia rusa parecen contar con el veto del gigante soviético.

Ante la incertidumbre de las Naciones Unidas, nos queda una Europa que, no obstante, se encuentra ante el dilema de respetar la soberanía nacional de un país (no miembro ni nunca propuesto) o salir en defensa de los valores democráticos y libres. La Unión debe dejar claro a Rusia que la continuación de su intervención tendrá una respuesta occidental y que el pueblo bielorruso tendrá en la Unión un aliado para su libertad y transición democrática.

Sin embargo, el rechazo por parte de Europa no es suficiente. Si la Unión desea de verdad formar parte de orden mundial y ser una potencia debe reestablecer el equilibrio geopolítico del planeta, en el que Estados Unidos, China y Rusia juegan un papel cada vez más protagonista. Europa ha estado en ocasiones ausente en situaciones claves y ahora con las crisis del Covid, Lesbos y Bielorrusia no es tiempo de ensimismarse en problemas internos, Europa debe reforzar su liderazgo a través de una respuesta eficaz y contundente.

Publicado por Juan Litrán Altemir

Estudiante de ADE + Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE

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