Representación homosexual en el arte mexicano

El concepto de salir del clóset es prácticamente del siglo XX, lo que lo hace relativamente reciente, pero durante siglos las personas que hoy consideraríamos parte de la diversidad sexual buscaron la manera de hacerse visibles y, más que solo existir, vivir plenamente.

Según el lugar y el momento cultural fueron cambiando esas maneras de hacerlo. En México, por ejemplo, se sabe que desde las culturas mesoamericanas se tenía consciencia de los hombres y mujeres que no se apegaban a la norma de lo regular. Por supuesto, como ahora, según el grupo del que se tratara (aztecas, mayas, purépechas, etcétera) el grado de aceptación era variable.

Durante el periodo virreinal ya con todo el aparato católico operando sobre la población, y aún con la bota de la inquisición sobre el cuello, hay casos documentados como el de Cotita de la Encarnación, un mulato que vivió en el siglo XVII y que llegó a convertirse en el centro de una red de hombres homosexuales que se reunían regularmente, hacían fiestas e incluso cohabitaban. Todo terminó en escándalo y Cotita en la hoguera.

Ya en los inicios del siglo XX está ampliamente registrado y comentado el caso del baile de los 41. El impacto social y cultural fue tal que incluso este año se estrenará una película que presenta el hecho para reivindicar no solo la historia sino su trascendencia.

A partir de este hecho también se detona la visibilización de la diferencia. El famoso y celebrado grabador José Guadalupe Posada realizó una caricatura para acompañar la noticia del escandaloso baile que fue interrumpido por las fuerzas del orden. En la imagen todos los hombres llevan bigote pero unos portan vestidos que marcan sus breves cinturas y amplios pechos. Los que no portan esas galas de sedas y encajes están vestidos de frac.

La intención de Posada era, por supuesto, crear una imagen grotesca. El público que la viera en las hojas volantes (una forma de comunicación más o menos equivalente a los periódicos actuales) debía sentirse compelido a la burla y al rechazo.

Sin embargo, aunque se tratara de una representación tendiente a la mofa y el escarnio, el hecho de representar esa diferencia la hizo existir en un medio de difusión masivo en esa época y, por lo tanto, la sociedad por entero debió reconocer que ya no era posible simplemente negar que “algo así” pudiera existir en México.

Es durante el siglo XX que de manera un poco más abierta, los artistas hacen evidente que son homosexuales no solo socialmente sino en su creación artística. Aquí tres ejemplos.

Pescador de Mallorca (Mateo el Negro) (1915)

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Este retrato fue pintado por Roberto Montenegro, pintor de origen jalisciense que fue enviado a Europa a perfeccionar su técnica casi al final del periodo porfirista. Cuando regresó a México había pasado ya la revolución y José Vasconcelos, primer titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), lo llamó para integrar el grupo de artistas que encabezarían la renovación del país a través de la pintura mural.

Aunque Montenegro realizó un mural titulado El árbol de la vida, su participación con el grupo muralista no trascendió más allá de esos primeros años y se enfocó en otros temas más acordes a su realidad interna: era homosexual, por lo que su presencia en un movimiento claramente misógino y machista no podía durar mucho.

Durante su estancia en España pintó Pescador de Mallorca (Mateo el Negro) el retrato de un joven pescador que, entre altivo y coqueto, mira directamente al espectador.

Parece que este hombre trabaja y ofrece no solo el fruto de su labor en el mar sino la posibilidad de un encuentro apasionado que la moral de la época no aceptaría sino en lugares apartados, como el paraje solitario de la playa en el que fue captado por el pincel de Montenegro.

La pose del pescador puede identificarse como “femenina” ─con el torso en medio giro, el brazo izquierdo llevado hacia atrás con el dorso de la mano sobre la cintura y la palma abierta, despreocupada─ pero el rasgo principal de ese “amaneramiento” seductor radica en la mirada que, directa, sin cortapisas, parece juzgar a quien ve ante de proceder a seducirlo. ¿Será que ese joven y guapo pescador sedujo a Montenegro y por eso fue que terminó inmortalizado en este retrato? Quizá nunca lo sabremos.

Autorretrato (1923)

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Pintado por Abraham Ángel, este autorretrato oscila entre la seducción tímida y la inocencia enternecedora.

Abraham Ángel es una figura misteriosa para la historia del arte mexicano. Su suicidio a los 21 años y el hecho de que su vida pública y artística fue al lado de su maestro/amante, Manuel Rodríguez Lozano, lo han convertido en un personaje que está entre victimizado e idealizado.

Se supone que nació en El Oro, Estado de México, y de ese pequeño pueblo fue llevado por su maestro a la Ciudad de México, donde desarrolló su obra artística hasta su repentina muerte. Sus pinturas están marcadas por el sentido nave con proporciones distorsionadas en los planos posteriores, una profundidad sugerida por planos consecutivos y un uso de color cercano a la vanguardia fauvista. Todo esto, presentado en lienzos que se realizaron durante el periodo en el que se creía que el verdadero arte mexicano estaba en la gente sin preparación pictórica formal, hizo que sus piezas fueran muy valoradas.

En este autorretrato se representa quizá al momento de dejar su pueblo para ir en pos de todo lo que le ofrecía su maestro: amor y arte.

El cuello, la boca carnosa y las cejas se convierten en armas para la seducción que Abraham quería concretar, pero es la mirada esquiva la que permite al espectador llevar el rol activo en ella. Los ojos evaden a los del espectador para evitar la confrontación y convertirse en invitación al juego. ¿Juegas?

Retrato de Salvador Novo (El taxi) (1924)

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Pintado por Manuel Rodríguez Lozano, este es quizá el retrato más conocido de estos tres. El joven retratado se convertiría décadas después, en los 60, en el cronista de la Ciudad de México (nombramiento que se oficializaba desde el aparato gubernamental) pero entre 1924 y la década de 1960 no se mantuvo alejado de los reflectores de la polémica.

Novo nunca hizo el anuncio de que era homosexual. Como ya se dijo, en esa época no existía el “salir del clóset”, pero con sus andanzas hacía evidente que, en efecto, era homosexual. Prueba de ello es este retrato que Rodríguez Lozano, también gay, le hizo: lo muestra en el asiento de un taxi, vestido apenas con una bata de terciopelo, buscando con quien ligar.

Una mirada inocente de la escena en el retrato podría llegar a la conclusión de que quizá Novo estaba casualmente en el taxi y fue captado en el momento de encontrarse con un conocido a quien saluda desde adentro del vehículo. Pero, para los entendidos, para los que conocen la existencia de un amor “que no se atreve a decir su nombre”, el verdadero sentido de lo que sucede parece cifrarse en las miradas de los involucrados: retratado y espectador.

El espectador observa fijamente mientras que el retratado ─para mostrar los atributos de su belleza─ se deja observar, esquivando la mirada, como prefiguración de lo que escribiría un homosexual notable de la canción mexicana: “Y yo coquetamente viendo/ hice como que no vi”.

Publicado por Ignacio Torres Valencia

Licenciado en periodismo y maestro en Historia del arte. Me interesa la divulgación de la historia, el periodismo cultural, la lectura y los libros. Creo en revisar el pasado para repensar el presente y replantear el futuro.

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