No hay alternativa real a la ONU por lo que solo queda reformar.

La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, La rendición de Breda de Velázquez, El Guernica de Picasso… el arte es vehículo de la historia y, en ocasiones, ha dejado constancia de los horrores humanos más cruentos. Pero no solo la pintura ha conseguido dejar constancia de las atrocidades cometidas, la literatura también. Así, la edición del Diario de Anna Frank permite apreciar el oscuro periodo del nazismo dentro del marco de la Segunda Guerra Mundial y a lo largo de un turbulento siglo XX.

Es precisamente este periodo el que impulsa la creación de las Naciones Unidas. Una organización que a diferencia de su precedente, la Sociedad de Naciones, perdura hasta nuestros días y celebra en la actualidad su 75 aniversario.

Las Naciones Unidas se impusieron con el objetivo de evitar otra guerra mundial y, en este sentido, su labor ha sido efectiva. Sin embargo, en la actualidad múltiples son las voces que cuestionan su labor; sin ir más lejos el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha renunciado recientemente a participar de la Organización Mundial de la Salud y ha dejado de financiar la UNESCO. Estas voces críticas con la Organización se extienden mientras que la labor de Naciones Unidas parece alzarse como indispensable en ciertos campos.

Sea como fuere, si bien se puede afirmar, como lo hace el célebre diplomático español Inocencio Arias, que las Naciones Unidas han sido incapaces de resolver múltiples conflictos que son tan antiguos como la misma Organización; también se puede afirmar que su labor ha sido excelente en otros ámbitos para los que la Organización, en principio, no se había creado. En cualquier caso, lo que es evidente es que pese a los fallos de Naciones Unidas, la mera existencia de la Organización ya debe juzgarse como positiva en la medida en la que es un foro con un carácter universal que permite un diálogo estructurado entre países y el abordaje de temas de interés que traspasan las fronteras. Es por ello, que pese a sus más sombras que luces, el objetivo en la actualidad debe ser el de reforma y revitalización de la entidad. No existe alternativa a las Naciones Unidas.

La Organización nació para preservar la paz, su Carta es clara en este punto y, por ello, otorga al Consejo de Seguridad el monopolio del uso y amenaza de la fuerza. Es este órgano el que puede determinar en qué casos una circunstancia amenaza la paz y la seguridad internacional y el que puede, en última instancia, concretar convenios especiales con sus miembros para que cedan fuerzas militares a la Organización y que esta pueda reprimir los ataques a la paz y seguridad internacional.

Esto ha sido positivo ya que ha afianzado, por contraste, el principio de resolución pacífica de diferencias entre Estados que también proclama la Carta. No obstante, al abordar la efectividad de las Naciones Unidas en verdaderamente alcanzar la paz en diversos conflictos, uno encuentra múltiples ejemplos de su fracaso: Siria, Nagorno Karabaj, Cashemira, Oriente Próximo… Es cierto que las misiones de paz de Naciones Unidas, por otro lado, contribuyen a la paz y son efectivas pero, tal y como reconoce la propia Organización, su triunfo viene determinado por otros factores tales como la existencia de un gobierno comprometido en el territorio que busque alcanzar y comprometerse a un plan de paz.

En el caso del conflicto en Oriente Próximo que llega hasta nuestros días pero data de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas han evidencia la falta de mecanismos suficientes de control y la incapacidad para imponer sus decisiones. En efecto, sus resoluciones en relación con la solución de dos Estados han sigo ignoradas por las partes en conflicto, aunque hay que reconocer que al menos consiguió durante un tiempo poner en negociación directa a palestinos e israelíes en aras de hallar una resolución al conflicto.

Por lo que respecta a Nagorno Karabaj -conflicto de moda pues hace unos meses el enfrentamiento armado volvió a estallar entre India y Pakistán-, las Naciones Unidas ya reconocieron que el territorio era de Azerbaiyán y que Armenia debía retirarse de los terrenos ocupados. Armenia, sin embargo, se empecinó en su labor y, en la actualidad, se han reanudado los ataques.

Más allá de la valoración individual que requiere cada conflicto concreto en relación con la labor de Naciones Unidas, uno puede preguntarse el por qué de la pasividad de Naciones Unidas en mucho conflictos o el retraso en su actuación ante amenazas inminentes a la paz y la seguridad internacional. La respuesta a esto se encuentra en la propia estructura de la Organización y, concretamente, del Consejo de Seguridad.

Como es sabido el Consejo tiene miembros permanentes y miembros de carácter temporal. Los primeros son cinco: China, Francia, Estados Unidos, Rusia y Reino Unido. Estos tienen poder de veto, es decir, cualquier decisión tomada puede ser vetada por uno de los miembros y, como consecuencia, esa no se podrá tomar. El ejercicio del veto ha sido práctica habitual en el Consejo, un ejemplo de ello es el veto ruso en 1950 que supuso el fin a la intervención en Corea del Sur para librarla de la invasión de Corea del Norte.

Si bien es cierto que en los albores de la creación de Naciones Unidas este veto tuvo sentido -sin él los respectivos Senados de países primordiales en el ámbito internacional no hubiera aprobado la creación de la Organización- en la actualidad este mecanismo es anacrónico, aunque difícil de cambiar porque supone la reforma de la propia Carta.

De esta manera, entre aquellos Estados con poder de veto se encuentran grandes violadores de Derechos Humanos, como China, que pueden en beneficio propio paralizar la acción del Consejo en los ámbitos que considere.

Como se mencionaba anteriormente, que algo no funcione no quiere decir que deba ser desechado, es por ello que una reforma del Consejo de Seguridad es razonable dado los cambios que ha experimentado la Sociedad Internacional actual.

En cuanto a si se debe eliminar completamente el veto, esto parecería lo más razonable, tenida cuenta del obstáculo que esto supone para la adopción de decisiones. Sin embargo, depende de la voluntad de aquellos que la poseen que parece inamovible al respecto. Es más razonable plantear reformas en otro sentido. Así,  España dentro del grupo “Unión por el consenso” apuesta por crear una suerte de miembros semi-permanente que permitan dar representación a ciertas regiones que como África están sub-representadas, a ciertas regiones con gran población como la India o Bangladesh y, en último lugar, a potencias clave como Alemania o Japón. También es preciso ampliar o incluso hacer emerger la presencia de territorios insulares que han quedado marginados en este sistema.

En todo caso, la labor del Consejo queda también obstaculizada en múltiples ocasiones por el principio de no injerencia. Los principios de la Carta centrados en la soberanía nacional chocan cada vez más con la necesidad de multilateralidad. Esto, enturbia enormemente la capacidad de dar suministros a países en conflicto. En este sentido, la Ministra de Asuntos Exteriores y Cooperación de España, Alaya, señala que nuestra generación se enfrenta a su reto 1945, es decir, al reto de reformular la cooperación multilateral para reforzarla. El mundo avanza y Naciones Unidas también debe hacerlo.

Más allá del Consejo de Seguridad y el mantenimiento de la paz, también hay que tener en cuenta el papel que ha desempeñado Naciones Unidas en materia de Derechos Humanos concretamente. Si bien existen críticas sobre la falta de mecanismos de control eficaces -en gran parte estos dependen del sometimiento estatal- y sobre la inclusión de países que sistemáticamente violan los Derechos Humanos en el Consejo de Derechos Humanos -es el caso de Cuba-; el rol de Naciones Unidas en este ámbito no debe ser desestimado.

La mera codificación contundente de los derechos humanos es todo un triunfo y, por otro lado, la labor de promoción de los derechos humanos contribuirá a hallar mayores adeptos al respeto de los mismos en el futuro.

En relación con la polémica que rodea el Consejo de Derechos Humanos y que, en ocasiones, integre a miembros no tan respetuosos -desde la óptica occidental- con los Derechos Humanos, hay que tener en cuenta que el Consejo no es un “club de virtuosos”, como diría el Director General de la ONU Marcos Gomez y que, más allá de eso, ningún país está exento de errores en este sector.

Muchos países consideran que su cumplimiento de los derechos humanos es pleno cuando siendo cuidadosos con los derechos políticos y civiles, dejan de lado otros derechos de carácter social, cultural o en materia de igualdad.

Negar el apoyo y la promoción de derechos que supone estar en el Consejo a ciertos países no parece la mejor solución si se busca avanzar hacia un progresivo respeto pleno de los mismos.

Hasta ahora se han abordado ámbito para los que de manera evidente la organización de Naciones Unidas fue creada. Como se ha visto, las críticas tienen sentido a la utilidad que en la actualidad tiene la Organización en lo relativo a esos ámbitos. Pero la labor de la Organización es amplia y también se produce a través de sus órganos en diversos y variados sectores -órganos que, por otro lado, tienen personalidad jurídica propia pese a estar vinculados a las Naciones Unidas.

Así, la labora de las Naciones Unidas en las últimas décadas destaca y sigue siendo útil en el ámbito de la educación, en lo relativo a la búsqueda de la igualdad de la mujer y, aunque se deben tener en cuenta ciertas precisiones, en el ámbito de la sanidad.

En materia de educación, se puede constatar el impacto de Naciones Unidas pues los parámetros son altamente medibles: es fácil ver el número de aulas construidas, la disminución de las tasas de escolarización mundiales, el número de profesores contratados… El impacto ha sido positivo sin lugar a dudas aunque, en la actualidad, la Organización debe hacer frente a una situación compleja derivada del COVID19 y el gran absentismo escolar que ha surgido como resultado y que, por otro lado, ha hecho más evidente las desigualdades que existen entre alumnos.

En lo que concierne a la igualdad de la mujer, las Naciones Unidas poseen un órgano particular, ONU Mujeres. Más allá de los resultados concretos de este órgano, el hecho de dedicar un órgano especialmente a este asunto ya dota de relevancia al mismo y, más allá de esto, lo visibiliza. Es evidente que ONU Mujeres no va a poder cambiar las legislaciones discriminatorias existentes en muchos países pero da voz al problema, lo que contribuye a la concienciación que, en última instancia, determina la movilización.

Finalmente y dada la pandemia actual, la referencia al ámbito de la salud es obligada. La gestión del COVID19 puede hacer intuir el fracaso de la Organización en este ámbito por la falta de claridad, liderazgo y tardanza en el abordaje de este asunto. Si bien lo anterior es cierto, es justo admitir la positiva labor de la Organización Mundial de la Salud a lo largo de la historia, por ejemplo, en la financiación de vacunas o en la erradicación del SIDA.

En todo caso, la reforma de la OMS se acerca y dependerá de las evaluaciones que se elaboren a partir de la situación de pandemia actual.

Como se ha podido apreciar la labor es altamente positiva en numerosos ámbitos, no obstante y dejando a un lado las reformas mencionados, la Organización podría beneficiarse de un aumento de la financiación por parte de los Estados Miembros. Si bien estos aportan una cantidad en relación con su PIB a nivel mundial, la cifra sigue siendo ínfima. Un ejemplo claro es que la Secretaría General posee un presupuesto que es equivalente a algo más que el Ayuntamiento de Madrid, la OMS por su parte, tiene menor presupuesto que el Hospital de Paz. Desde una óptica comparativa la falta de recursos es evidente y sin dinero es difícil que los proyectos sean efectivos.

Demostrado queda que la Organización se enfrenta a críticas fundadas y que su funcionamiento dista de ser perfecto. Pese a ello, la mera existencia de Naciones Unidas ya es un triunfo y, por este motivo el objetivo, en la actualidad, no debe ser su desmantelamiento sino su revitalización. Como señalado por el que fuera Secretario General de la Organización, Hammarskjold: “la Naciones Unidas no fueron creadas para llevar a la humanidad al paraíso sino para librarla del infierno”. Es por ello que, a parte de su revitalización, también es necesario educar en expectativas reales con respecto a los resultados que la Organización puede proveer.

Publicado por Conchita Méndez

Graduada en Derecho y Ciencias Políticas y Administración Pública. Actualmente opositando al cuerpo diplomático español. Apasionada de las Relaciones Internationales, la Política Exterior, los debates jurídicos y filosóficos.

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