Fábrica de ídolos

Disclaimer: si eras un fan acérrimo de Maradona, quizás este artículo no es para ti.

El día de Navidad se cumplirá un mes exacto desde la muerte de Diego Armando Maradona a los 60 años de edad. En la prensa ha habido consenso en cuanto a la gran pérdida que supone para el mundo del deporte, pero sobre todo para un país como Argentina. He asistido durante estos días con cierta perplejidad y resignación (también con pena) al espectáculo bochornoso entorno a su funeral, asalto a la Casa Rosada mediante. Incluso muerto, la euforia desbocada de sus fans lo acompaña.

Disturbios frente a la Casa Rosada durante el funeral de Maradona (Photo by RONALDO SCHEMIDT / AFP) (Photo by RONALDO SCHEMIDT/AFP via Getty Images)

Quizás nací demasiado tarde como para comprender y admirar las proezas futbolísticas de Diego Armando. Quizás fuera mi llegada a este mundo un augurio de su caída en desgracia: a los dos meses de que yo naciera en mayo de 1994, Maradona disputó su último partido con la selección argentina durante el mundial de EEUU. Fue suspendido por dopaje y no volvió a jugar con la selección. En aquel momento pronunció la famosa frase: “Me cortaron las piernas”. Como buen argentino expatriado, echo de menos mi tierra y aborrezco su peor cara a partes iguales, a pesar de que es difícil juzgar a 10.000 km de distancia los eventos de un país. Imaginad si ya nos cuesta juzgar lo que ocurre en España, como para hacerlo a partir de retazos de información sesgada de noticias y comentarios de familia y amigos. A pesar de ello, intento imaginarme a los neerlandeses invadiendo el Binnenhof tras la muerte de Johan Cruyff, o a mis amigos españoles más futboleros asediando el palacio de la Moncloa cuando murió Luis Aragonés. He de decir que la imagen me produce cierta gracia, pero sobre todo tengo que aceptar esa frase que tanto le discuto a mi padre: “Esto sólo pasa en la Argentina”. En este caso tiene razón.

Me acuerdo bastante de mi país cada día, aunque es con eventos como este cuando más atención le presto. Siempre me costó entender la idolatría, que considero que no es más que una forma de creencia, de religión, y de culto por alguien a quien no se conoce de nada más que de entrevistas en televisión. En el caso de Maradona esto es tan patente como que existe una Iglesia Maradoniana (con “Diego Nuestro” y mandamientos incluidos), y se han escrito ríos de tinta comparándolo con dios. Argentina tiene una capacidad aparentemente inagotable de producción de próceres. Recuerdo vivamente una de mis últimas visitas a Buenos Aires. La Autopista Riccheri conecta Ezeiza (barrio donde se encuentra el aeropuerto bonaerense) con la capital. A medio camino entre el aeropuerto y la urbe se encuentra el Mercado Central de Buenos Aires (algo parecido a Mercamadrid). Recuerdo cómo al pasar por delante vi una enorme pancarta colgando de la fachada que rezaba “Mirá pibe a dónde llegamos”, con la foto del saludo entre CFK y el Papa Francisco, y a cada lado observando “desde el cielo”, a los difuntos Juan Domingo Perón y Néstor. Supongo que a esta imagen ahora deberíamos sumar a Maradona, completando la santísima trinidad de la idolatría argentina.


Insisto en que quizás nací demasiado tarde como para admirarlo, y quizás perdí demasiado rápido el interés en el mundo del fútbol (mis últimos recuerdos felices con el deporte rey son del mundial Corea-Japón de 2002 intentando completar el álbum de cromos). Tan sólo llegué a conocer la faceta de Maradona como embajador en el extranjero. Un puesto no solicitado pero de facto, lleno de esperpento público, declaraciones balbuceantes a los medios, bailes con jeques árabes y Maduro, y salidas de tono constantes. Recuerdo también aquel atropello en 2010 a un periodista [https://www.youtube.com/watch?v=tVukZ5VkdPw] que colocó su pie bajo una máquina de varias toneladas conducida por todo un grande como “El Diego” (aparentemente el cortejo fúnebre previo a su funeral intentó rendir homenaje a aquel episodio, esquivando por poco a un aficionado que cruzaba la Autopista Acceso Oeste). Recuerdo su nombramiento, en este caso de iure, como seleccionador de 2008 a 2010, y su apoteósica victoria 1-0 contra Uruguay en la fase clasificatoria para el Mundial de Sudáfrica Un gol de Bolatti en el minuto 85 que le mereció a la selección un pase al mundial in extremis. Y digo apoteósica porque sólo una victoria de dicho calibre se corresponde con las célebres declaraciones que dio Maradona en la rueda de prensa posterior: “Que la chupen y la sigan chupando”.

Sólo alguien que se sabe dios en la tierra es capaz de tal despliegue de talento verbal y responsabilidad representativa. Aunque quizás, ya confirmada la condición mortal de Maradona, sería más adecuado afirmar que sólo alguien que se sabe respaldado por todo un séquito de fieles es capaz de tanta prepotencia y sensación de impunidad.
El fútbol en Argentina es algo de otro mundo. Es, supongo, algo así como un opio para un pueblo maltratado y atormentado desde hace décadas. Para muchos argentinos, sentarse frente a la televisión a ver marcar a sus ídolos es casi la única alegría; la única distracción de un país con tantos problemas estructurales, una inflación desbocada y una clase política inútil. Esta situación conduce a veces a escenas tan penosas como la que ilustra la canción “La Bengala Perdida” de Spinetta. Se narra la muerte en 1983 de Roberto Basile de 25 años, fan de Racing a quien una bengala náutica le perforó el cuello asesinándolo. La bengala había sido arrojada por miembros de la barra brava de Boca Juniors desde la tribuna opuesta.

Bajo la herencia la inmortalidad
Cultura y poder son esta porno bajón
Por un color, sólo por un color
No somos tan malos ya la cancha estalla en nada

[…]

No hay una cuestión que no conduzca al mar
Tan solo así de noche puede uno descansar
Dios de probeta de piadosa luz de corderoy
Tití portando un dulce Exocet.

Artículos de prensa sobre el asesinato de Roberto Basile
Artículos de prensa sobre el asesinato de Roberto Basile

Para mí la muerte de Maradona representa el fin de un símbolo, el fin de la caída en desgracia de otro ídolo argentino más. No sé si somos un país que pueda permitirse centrarse en algo (tan) irrelevante al fin y al cabo como el fútbol, y menos aún con tanto fervor como para sacar lo peor de nosotros mismos. Siguen sucediéndose altercados provocados en las partidos de fútbol por las barras, que son verdaderas mafias en Argentina: financiadas por los clubes y muchas veces integradas en la directiva. Para algunos el fútbol es de todo menos un juego.

Diego Armando Maradona ya descansa, y con el paso del tiempo sus éxitos y aciertos se irán decantando para ser aquello que recordemos; no lo otro. Tanta paz lleve como descanso deja, quien seguro que ya tiene de vuelta las piernas que perdió allá por 1994.

Publicado por Gonzalo Pizzorno

Graduado en arquitectura por la UPM. Trabajo en consultoría inmobiliaria y mis intereses mezclan el urbanismo y las finanzas. Intentando escuchar entre tanto ruido.

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