Etiquetado automático

Escribo esto pocos minutos después de terminar de leer “Feria” de Ana Iris Simón. Los que me conocen saben que soy un obseso, un “yonki” de la actualidad y el debate que es incapaz de dejar pasar la mínima oportunidad de opinar sobre el tema de moda. Soy ese tipo de persona a la que nunca invitarías a una cena de navidad con la familia porque acabaría monopolizando el debate y haciendo enfadar a tu madre. Soy una persona insufrible, y como tal, he sido incapaz de resistirme a leer Feria cuando una amiga con la que estaba discutiendo sobre el discurso de Ana Iris en Moncloa me dijo “léete el libro, vas a flipar” (y no era la primera vez que me lo decían). Pero como también soy un orador responsable (o lo intento), no me bastaba con 4 minutos de vídeo y varios millones de twits, así que me decidí a leerlo y sacar mis propias conclusiones. En una tarde, frente al ordenador, sin pausa y con prisa (tanta que ni esperé a tenerlo en formato físico sino que lo compré en digital).

Mi mayor sorpresa (y decepción) fue la ausencia total de controversia, temas espinosos o críticas al menos en la primera mitad del libro: el 95% del mismo no es más que una historia sobre La Mancha y la familia. No hay más. Feria no tiene ni trampa ni cartón en este sentido, y por muchas vueltas que le demos no cabe mayor análisis en ese 95% que el literario. Es una historia sin orden cronológico, articulada a través de anécdotas sobre una familia y su vida en Campo de Criptana, que podrían haber escrito cualquiera de mis amigos. En cuanto a la literatura tengo poco que añadir, ya que no soy ni un experto ni un lector voraz, pero tampoco me ha vuelto loco.

El otro 5%, ahora sí, que se resume aproximadamente en el discurso de marras, es una mezcla de crítica a determinados planteamientos hegemónicos de nuestra generación; un lamento por una supuesta seguridad perdida (tanto material como conceptual en muchos casos) con la que sí contaba la generación de nuestros padres. La filosofía detrás del “manifiesto” de Ana Iris lo resumía un twittero con la famosa imagen de “emosido engañado”.

Se puede estar más o menos de acuerdo con las ideas que se plantean en párrafos sueltos del libro: la desconstrucción de los roles de género y en consecuencia del ideal arcaico de maternidad y familia, la venta de moto de la meritocracia, o la promesa de un futuro asegurado a través de la contracultura y el encandilamiento urbanita; una especie de ludismo de los afectos, en el que creo que Ana Iris omite criticar abiertamente un pasado que tan sólo de manera anecdótica fue mejor (aunque no por ello lo que plantea es menos interesante). Frente a una pérdida de afectos y lazos, Simón enaltece la seguridad del amor romántico y de la institución familiar, sin apenas criticar muchas de sus consecuencias negativas. Frente a la pérdida de identidad del campo y la obsesión moderna con una ciudad impersonal que nos ahoga con alquileres abusivos y horarios frenéticos, Ana Iris ensalza la vida sencilla en el campo. Para mí estas partes del libro forman parte del movimiento pendular (cíclico) que sigue el discurso social; es un revulsivo frente a determinados planteamientos que la izquierda tradicionalmente ha rechazado o rehuido (la patria, la familia, el campo, los ritos). Y quizás la crítica que se le pueda hacer es que peca de argumentar que “lo pasado fue mejor” omitiendo que lo pasado también trajo cosas negativas. El planteamiento en todo caso a mí me ha parecido interesantísimo.

Decía el alcalde Almeida que cuando a uno lo llaman fascista sabe que “está en el lado bueno de la historia”. El problema no estaba, claro, en que te llamen fascista, sino en sentirte orgulloso de que te lo llamen (o peor aún, de serlo). Sin embargo, me pregunto en qué lado de la historia, si es que existe algo tan simplista como lados, estaría Ana Iris Simón, a la cual han querido erigir en menos de una semana en adalid de la verdadera izquierda, neofalangista, fascista, y un sinfín de apelativos como quien etiqueta verduras con una etiquetadora automática de 3M. Y es que

nos vemos cada vez más condenados a eso: no hay lugar para el disenso, los matices o las dudas. Ante cualquier tema complejo que se nos plantea (y hay muchos), se nos exige también posicionarnos rápidamente a favor o en contra. Vamos construyendo espacios políticos cada vez más reducidos en los que o bien compramos un pack discursivo completo o somos condenados al limbo de la equidistancia (como mínimo). Lo interesante de todo esto es que ha habido voces a favor y en contra del discurso, tildándola de una cosa, la contraria, y ambas a la vez.

De estos días destaca el artículo de Antonio Maestre, que no ha perdido tiempo en establecer paralelismos entre el discurso de Ana Iris y la derecha lepenista (la de Vestrynge). Nos advierte del peligro de aceptar sus planteamientos (como si fuéramos idiotas incapaces de ver el doble filo). Este discurso de etiquetado automático me interesa bastante poco, en contraste con otros que abordan el asunto desde un punto de vista más filosófico. Desde la misma (¿La misma?) izquierda ha habido voces más sosegadas, como el hilo de Jesús Santos Gimeno (UP) o el hilo de Víctor Valdés Camacho (también de UP) en el que defiende que Ana Iris no es falangista, y nos advierte de la “trampa de la homogeneidad” y las etiquetas simples (eso sí, le da un tirón de orejas en cuanto al enaltecimiento de la vida de nuestros padres a toda costa). Incluso en el digital CTXT, José Saturnino Martínez García publicó un texto en el que describe “Feria” como un manifiesto contra el individualismo, con sus máximos exponentes en el posmodernismo y el neoliberalismo, y les dedica una crítica bastante feroz a ambos. De ese texto me quedo con los dos últimos párrafos, que me parecen brillantes, aunque por supuesto recomiendo leer todo el artículo. Por otro lado, Juan Manuel de Prada le dedicó una columna (Ana Iris le dedica a él un capítulo del libro), en la que ya le advierte del “abrazo del oso” de la derecha y de la implacable voluntad de la izquierda de ahormar cualquier discurso al canon. Y es interesante su testimonio, porque a Juan Manuel de Prada le pasa un poco lo mismo que a Ana Iris: un inclasificable al que le han llamado (y siguen llamando) de todo desde los círculos más diversos. Recomiendo ver la entrevista que le hizo Pablo Iglesias en La Tuerka. En cualquier caso, desde todos los rincones de twitter ha habido quien ha intentado etiquetarla y apropiarse del discurso o desecharlo (en ambos casos sin el más mínimo interés por hablar de sus planteamientos), pero ya digo que estos me interesan menos.

Supongo que cuando tus defensores son personajes y medios tan variopintos (y otro tanto los detractores), y encima el gobierno más progresista de la historia (sic.) te invita a dar un breve discurso en la presentación del Plan España 2050, la máquina de etiquetado automático se rompe en mil pedazos.

Nadie llamaría falangista a Tomás Guitarte por defender la “España vaciada” o poner en valor el campo español (tuvo que tener escolta y dormir fuera de casa cuando le amenazaron por apoyar la investidura de Pedro Sánchez, eso sí). Tampoco creo que nadie de mi círculo llegase a llamar falangista ni fascista a Íñigo Errejón o Mónica García por plantear medidas de fomento de la natalidad, de conciliación y de “cheques bebé”. Ni tampoco que sea reprochable anhelar (aunque con desesperación) aquel reducido “país de propietarios” cuando el país de los inquilinos, el de nuestra generación, nos ahoga cada día más. Ni siquiera creo que pensemos en falangismo cuando Pablo Iglesias hablaba de resignificar los símbolos nacionales y el ejército (véase el caso del exJEMAD José Julio Rodríguez en la flamante ejecutiva del Podemos post- Iglesias).

Muchos se han agarrado a que en los primeros capítulos del libro, Ana Iris cuenta cómo en el colegio se aprendió “Primavera” (uno de los himnos de la División Azul) porque una amiga ponía en el MP3 la versión de Estirpe Imperial. Más allá de lo anecdótico (y de que ella lo cuente sin el más mínimo atisbo de aprecio por el himno sino como una anécdota), me sentí bastante identificado ya que en su día yo me la aprendí por exactamente la misma razón: porque tenía amigos fascistas (o de familia fascista) en el colegio, que tonteaban con toda esa parafernalia patriotera. Por otro lado está la mención a Ramiro Ledesma (filósofo cofundador de Falange). Simón lo cita en un pasaje en el que habla a su futuro hijo, como uno de los que sí supo ver el “fulgor y el brío” de La Mancha y quiso “requijotar España”. Aunque en el libro no lo dice expresamente, Ana Iris comenta en una entrevista que se refiere al libro de Ledesma Ramos “El Quijote y nuestro tiempo”, donde habla del Quijote y la juventud. Más allá de lo anecdótico de estas dos menciones (entre un montón de menciones al PCE y a la izquierda, por cierto) y de lo alejado que está de una posible adscripción de Ana Iris al fascismo, recomiendo leer el libro sin prejuicios para poder tener una opinión fundada. Y que por cierto, puede ser a favor o en contra, total o parcialmente, faltaría más.

“Feria” es un buen libro que me ha parecido entretenido y ameno. Ni es el enésimo manifiesto fundacional de la izquierda, ni lo mejor que he leído en años, ni tampoco propaganda neonazi. Si sirve para debatir sobre temas que parecen darnos urticaria y reventar la máquina de etiquetado automático de algunos sectores, o simplemente para leer y pasar el rato, bienvenido sea.

Publicado por Gonzalo Pizzorno

Graduado en arquitectura por la UPM. Trabajo en consultoría inmobiliaria y mis intereses mezclan el urbanismo y las finanzas. Intentando escuchar entre tanto ruido.

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